La agricultura y los alimentos de la era industrial se han convertido en una fuente importante de emisiones de gases relacionadas con el calentamiento global y el cambio climático, así como con otras formas de deterioro ambiental planetario. Según investigaciones recientes, la Tierra está alcanzando un peligroso punto de inflexión en el que su biosfera podría estar pasando de ser un almacén neto de carbono atmosférico a una fuente en dos o tres décadas, poniendo en duda las perspectivas de la agricultura y la producción de alimentos. Esta preocupante situación plantea una pregunta crítica: ¿Cómo puede la agricultura seguir alimentando a poblaciones en crecimiento y al mismo tiempo contribuir a la restauración urgente de los ecosistemas del planeta?
Si bien los programas de mitigación del cambio climático apuntan a reducir las emisiones, proteger los bosques naturales y reforestar áreas abandonadas, más de dos mil millones de agricultores familiares cultivan un tercio de la superficie del planeta. Alrededor de 500 millones de granjas familiares –el 90 por ciento de las cuales manejan menos de dos hectáreas– producen la mayor parte de los alimentos del mundo. Por ejemplo, en Ecuador las fincas familiares de pequeña escala proveen más de 60% de los alimentos que consumen la gente en el país. La agricultura familiar impacta los medios de vida individuales y colectivos, así como las ecologías y los ecosistemas.